La soledad que me habita
- erika guerrero

- 15 may
- 3 min de lectura

Hay una soledad que no se dice en voz alta. Una soledad que no se cura con compañía, ni con ruido, ni con distracciones. Es una soledad que se mete debajo de la piel, que se queda en el pecho como un peso que no se mueve, que respira conmigo aunque yo no quiera.
Últimamente, esa soledad me acompaña a todas horas. Me despierto con ella, camino con ella, trabajo con ella, y cuando llego a casa… ahí sigue, sentada, esperándome. No importa cuánta gente haya alrededor: me siento sola igual. Sola en medio de conversaciones vacías, sola entre risas que no me incluyen, sola incluso cuando alguien me mira sin realmente verme.
Y duele. Duele más de lo que admito.
A veces siento que ser amable ha sido mi error más grande. Que mi forma de dar, de escuchar, de estar para otros, solo ha servido para que me utilicen, para que se burlen, para que me tomen como algo desechable. Como si mi bondad fuera una invitación abierta para que otros entren, tomen lo que quieran y se vayan sin mirar atrás.
En casa, el rechazo se siente distinto. Más frío. Más profundo. Es ese tipo de rechazo que no grita, pero se siente en el aire, en los silencios, en las miradas que pasan por encima de ti como si no existieras. Y en el trabajo… ahí la hipocresía es un espectáculo diario. Sonrisas falsas, palabras vacías, gente que finge interés solo cuando les conviene. Personas que celebran tus derrotas en silencio, que disfrutan cuando tropiezas, que se alimentan de tus momentos débiles como si fueran un premio.
Y yo, tragando saliva. Fingiendo que no me afecta. Fingiendo que no veo lo que veo. Fingiendo que no me duele lo que duele.
Estoy cansada. Cansada de sostenerme sola. Cansada de ser fuerte porque no queda otra opción. Cansada de sentir que doy más de lo que recibo. Cansada de ser la persona que siempre entiende, que siempre escucha, que siempre aguanta… mientras nadie nota cuando yo me rompo.
Hay días en los que siento que camino con una sombra pegada a la espalda. Una sombra hecha de decepciones, de palabras no dichas, de abrazos que nunca llegaron, de personas que prometieron y no cumplieron. Una sombra que me recuerda que, aunque esté rodeada, sigo sola.
Y lo peor es ver cómo algunos se deleitan con las caídas ajenas. Cómo sonríen cuando no deberían. Cómo disfrutan cuando algo te sale mal. Esa parte del mundo me rompe un poco más cada día. Me hace preguntarme en qué momento la empatía se volvió un lujo, en qué momento la humanidad se volvió tan escasa.
A veces quisiera desaparecer un rato. No para dejar de existir, sino para dejar de sentir este peso. Para descansar de la máscara, del esfuerzo, del cansancio emocional que nadie ve. Para dejar de fingir que estoy bien cuando por dentro estoy hecha pedazos.
Pero también sé que esta soledad no es mi identidad. Es una etapa, una herida, un proceso. No me define, aunque hoy me duela. No me destruye, aunque a veces lo parezca. Y aunque el mundo no lo note, aunque nadie lo diga, sigo aquí: sintiendo, resistiendo, respirando.
Sigo siendo alguien que merece algo mejor que sonrisas falsas y afectos condicionados. Alguien que merece un lugar donde no tenga que fingir. Alguien que merece ser vista de verdad.
Y aunque hoy me sienta sola, no significa que siempre será así. Esta oscuridad no es eterna. Este cansancio no es para siempre. Este capítulo no es mi final.
Es solo la parte más cruda de mi historia. Y también la más honesta.



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