Lo que escribo cuando no puedo sonreír
- erika guerrero

- 22 may
- 3 min de lectura

A veces siento que mi vida es un cuarto sin ventanas, un espacio donde la luz entra tarde y se va demasiado rápido. En ese lugar, escribir se convierte en mi única forma de respirar. No escribo porque tenga historias felices que contar, ni porque mi vida esté llena de momentos dignos de recordar. Escribo porque, si no lo hago, me hundo en un silencio que pesa más que cualquier palabra.
Pintar es otra manera de sobrevivir. Cuando tomo un pincel, siento que mis manos dicen lo que mi boca no puede. Los colores se vuelven mis emociones, los trazos mis heridas, las sombras mis pensamientos más profundos. A veces creo que mis cuadros son más sinceros que yo misma. Ellos no fingen, no sonríen, no se esconden. Solo existen, crudos, imperfectos, reales.
Mi vida, aunque muchos no lo sepan, es un camino solitario. No esa soledad romántica que se ve en las películas, sino una soledad que se siente en los huesos, que se mete en la piel, que acompaña incluso cuando estoy rodeada de gente. Es una soledad que no hace ruido, pero que nunca se va. Y en medio de esa soledad, sonreír se vuelve un acto casi imposible. No porque no quiera, sino porque a veces no encuentro motivos. Muy pocas personas logran arrancarme una sonrisa verdadera, de esas que nacen sin esfuerzo, sin miedo, sin necesidad de fingir.
Y aun así, sigo. Sigo como quien camina en la oscuridad con una vela que apenas ilumina un paso adelante. Sigo porque detenerme sería rendirme, y aunque esté cansada, aunque me duela, aunque a veces no entienda por qué sigo intentando, algo dentro de mí se niega a apagarse. Tal vez sea terquedad. Tal vez sea esperanza. Tal vez sea simplemente que no conozco otra forma de existir.
He pasado la vida poniendo a los demás primero. Dando más de lo que tengo, cargando dolores que no son míos, cuidando corazones que nunca cuidaron el mío. A veces me pregunto si eso es bondad o si es una forma silenciosa de autodestruirme. Quizás sea un defecto, una herida vieja que aprendí a llamar virtud. Quizás sea miedo a que, si dejo de dar, nadie se quede. Quizás sea mi manera de sentirme útil en un mundo donde a veces me siento invisible.
Hay noches en las que me siento tan cansada que ni siquiera sé qué parte de mí sigue luchando. Pero sigo. Sigo porque escribir me sostiene. Sigo porque pintar me salva. Sigo porque, aunque mi vida sea triste, aunque mi sonrisa sea rara, aunque mi corazón esté lleno de grietas, todavía tengo una voz. Todavía tengo mis palabras. Todavía tengo mis colores.
Y mientras pueda seguir creando, aunque sea desde la oscuridad, aunque sea desde el dolor, aunque sea desde el silencio, sé que todavía no estoy vencida. Porque incluso en mis sombras, incluso en mis noches más largas, hay algo de mí que se niega a desaparecer. Algo que insiste en seguir adelante, aunque nadie lo vea, aunque nadie lo aplauda, aunque nadie lo entienda.
Escribo para no romperme. Pinto para no quedarme vacía. Y aunque la luz no siempre alcance, aunque la vida no siempre duela bonito, sigo aquí. Sigo siendo yo. Sigo avanzando, incluso cuando la oscuridad parece más grande que todo lo demás.



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