Volver a Casa: Mis Viajes a la Tierra que Me Formó
- erika guerrero

- 28 abr
- 7 min de lectura
“Historias sencillas, momentos reales y el encanto de regresar a donde todo comenzó.

Porque tu viaje no es geográfico, es emocional.
Volver a las montañas

No viajo a grandes ciudades ni a playas exóticas. Mi destino favorito siempre ha sido el mismo: las montañas donde crecí.
Cada vez que regreso, siento que el camino me reconoce. Los árboles parecen saludarme, el aire huele igual que cuando era niña, y el silencio del campo tiene esa forma única de abrazarme sin decir nada.
Mis vacaciones no son para escapar del mundo, sino para volver a él, al mío. A ese lugar donde aprendí que la vida empieza temprano, que la tierra habla, que el trabajo se siente en las manos y que la sencillez también puede ser un lujo.
No me gusta hablar de mí, pero me encanta escuchar. Y allá, en esas montañas, siempre hay alguien con una historia nueva: la cosecha que salió mejor de lo esperado, el ternero que nació en la madrugada, la vecina que le gusta estar chisme de los demás, el niño que ahora corre más rápido que antes.
Yo solo escucho. Y mientras escucho, siento que vuelvo a pertenecer.
A veces llevo regalos para los niños. Me gusta ver cómo se les iluminan los ojos, cómo corren a mostrarle a todos lo que recibieron. Esos pequeños momentos valen más que cualquier viaje costoso.
Y cuando por fin me tomo tiempo para descansar, cocino. Cocinar allá es diferente: el fuego suena distinto, los ingredientes tienen otro sabor, y yo… yo me siento más yo.
Volver a las montañas no es un viaje. Es un recordatorio. Una forma de decirme que, aunque el mundo cambie, hay un lugar donde siempre soy bienvenida.
Historias

En el campo, la mesa no es solo un lugar para comer. Es un escenario. Un punto de encuentro donde las voces se mezclan con el olor del café recién hecho y el sonido de las cucharas golpeando suavemente los platos.
Cada vez que regreso, sé que en algún momento terminaré ahí: sentada, escuchando. Porque aunque no me guste hablar de mí, me encanta escuchar a los demás. Y en esas mesas de madera gastada, las historias nunca faltan.
A veces empiezan con un “¿se acuerda cuando…?” Otras con un suspiro largo que anuncia que viene algo bueno. Y yo me quedo quieta, atenta, dejando que cada palabra me lleve a un recuerdo, a una imagen, a un pedazo de vida que no es mío, pero que igual me toca.
Hay risas que llenan la cocina. Hay silencios que dicen más que cualquier frase. Hay anécdotas que se repiten cada año, pero que igual nos hacen reír como si fuera la primera vez.
Me gusta ver cómo se iluminan los rostros cuando alguien cuenta algo que le enorgullece. Cómo se ablandan las miradas cuando hablan de alguien que ya no está.
Y mientras todos hablan, yo cocino junto a mis hermanas. A veces algo sencillo, a veces algo que me toma más tiempo. Pero siempre lo hacemos con calma, con cariño, con esa sensación de que cocinar allí es una forma de agradecer. De decir “estoy aquí”, sin tener que pronunciarlo.
La mesa del campo tiene un poder extraño: une, calma, recuerda, sana. Y cada vez que me siento en ella, siento que vuelvo a mi lugar. A ese espacio donde no necesito viajar lejos para sentirme parte de algo.
Porque al final, mis viajes no son para conocer el mundo. Son para volver a escuchar las historias que me hicieron quien soy.
Regalos que Sanan Mi Infancia

Cuando regreso al campo, no solo vuelvo a las montañas. También vuelvo a mis sobrinos, a mis ahijados, a mis hermanas… A esas personas que llenan mi vida de un cariño que no se compra, pero que sí se puede multiplicar con pequeños gestos.
Siempre llevo algo para ellos. No porque lo esperen, sino porque me nace. Porque cada regalo que doy es una forma de entregarles lo que yo no pude tener de niña. No desde la tristeza, sino desde la alegría de saber que ahora está en mis manos darles un poquito más.
A mis sobrinos les llevo juguetes, ropa bonita, cosas que sé que les harán sonreír. A mis ahijados, detalles que los hagan sentirse especiales. A mis hermanas, algo que les recuerde que pienso en ellas, que las quiero, que siempre las llevo conmigo.
Y cuando veo sus caras al recibir algo, siento una emoción que no sé explicar. Es como si cada sonrisa de ellos cerrara una herida antigua. Como si el pasado se volviera más suave, más amable.
No lo hago por obligación. No lo hago para que me agradezcan. Lo hago porque me gusta verlos felices, porque me llena el alma, porque siento que así la vida se vuelve un poquito más justa.
Mientras esté en mis manos, seguiré haciéndolo. Seguiré llevando regalos, abrazos, detalles, momentos. Seguiré dando lo que antes no tuve, pero que hoy puedo compartir.
Porque al final, mis viajes al campo no son solo descanso. Son una oportunidad para dar amor de la forma más sencilla y más bonita.
Cocinar para Descansar

Si hay un momento que espero con ansias cada vez que regreso al campo, es ese instante en que nos reunimos en la cocina. es donde realmente siento que estoy de vuelta en casa.
Cocinar con mis hermanas es una tradición que no necesita ser anunciada. Simplemente pasa.
Mientras la comida avanza, la casa se llena de vida. Los niños corren, juegan, hacen ruido, se inventan historias, se pelean y se reconcilian en cuestión de minutos. Ese caos bonito me encanta. Es el sonido de una familia viva.
Y siempre, sin falta, aparece mi papá. Primero en la hamaca, revisando su celular como si fuera lo más importante del mundo. Luego se levanta, camina despacio hacia la cocina y pregunta lo mismo de siempre: “¿Ya casi está el almuerzo?” Nosotras nos reímos, Él da una vuelta, y vuelve a su hamaca, tranquilo, esperando.
La cocina se vuelve un punto de encuentro. Un lugar donde no importa quién hace qué, porque todas estamos ahí para lo mismo: compartir.
Y cuando por fin servimos la comida, cuando todos se sientan, cuando el ruido baja y solo queda el sonido de los platos y las conversaciones cruzadas, yo siento algo que no siento en ningún otro lugar.
Siento paz. Siento pertenencia. Siento que ese es mi lugar favorito en el mundo.
Ir allá, cocinar allá, estar allá… Eso es lo que más disfruto. Porque no es solo comida. Es familia. Es descanso. Es volver a mí.
Redescubrir mi infancia cada vez que regreso

Mi infancia no fue fácil. Nacimos en una familia humilde, con lo justo, con lo necesario, y a
veces ni eso. Crecimos aprendiendo a ser fuertes antes de tiempo, a trabajar, a ayudar, a entender que la vida no siempre da tregua. Pero aquí estamos: sanas, firmes, saliendo adelante con lo que tuvimos y con lo que aprendimos.
Hubo momentos duros, decisiones equivocadas, errores grandes que cometí mientras crecía. Cosas que en su momento me hicieron preguntarme por qué mi vida era así, por qué tenía que ser tan difícil, por qué no podía ser como la de otros. Me quejé, me frustré, me dolió.
Pero el tiempo, que es sabio, me enseñó algo que antes no veía: todo eso me formó.
Cada caída, cada carencia, cada error, cada noche complicada… todo fue parte del camino que me trajo hasta aquí. Y aunque hubo días en los que pensé que no iba a poder, salí adelante. A mi ritmo, con mis tropiezos, con mis aprendizajes.
Hoy, cuando regreso al campo, siento que vuelvo a la raíz de todo. A ese lugar donde empezó mi historia, con lo bueno y lo difícil. Y en vez de preguntarme “¿por qué me tocó así?”, ahora solo doy gracias. Gracias por la fuerza que me dio esa vida. Gracias por las lecciones que no entendí en su momento. Gracias por la humildad que me enseñó a valorar lo pequeño. Gracias por los errores que me obligaron a crecer.
Y sobre todo, gracias a mis padres. Porque con lo que tenían, hicieron lo mejor que pudieron. Porque nos enseñaron a trabajar, a respetar, a ser agradecidas. Porque, aunque la vida no fue fácil, nos dieron lo más importante: la capacidad de seguir aprendiendo cada día.
Hoy miro atrás sin rencor. Con gratitud. Con la certeza de que mi historia, con todo y sus sombras, es la que me hizo ser quien soy. Y cada vez que vuelvo al campo, siento que esa niña que fui —la que no tuvo mucho, la que cometió errores, la que soñaba con salir adelante— “Lo estamos logramos.”
Mañana Será Mejor

He contado un poco de mi vida, apenas una parte. Unas cuantas historias, unos recuerdos, unas escenas que guardo en el corazón. Pero todavía queda mucho por decir, mucho por compartir, mucho por seguir aprendiendo.
Mi camino no ha sido perfecto. Crecí en una familia humilde, con dificultades, con días que pesaban más que otros. Cometí errores grandes, decisiones que me marcaron, momentos que me hicieron caer. Pero también me hicieron levantarme. Me hicieron fuerte. Me hicieron consciente de quién soy y de lo que valgo.
Antes me preguntaba por qué la vida tenía que ser tan dura conmigo. Hoy, después de tanto, solo puedo decir gracias. Gracias por las lecciones. Gracias por la fuerza. Gracias por la humildad. Gracias por enseñarme que incluso en lo difícil hay algo que aprender.
Y aunque sigo creciendo, sigo equivocándome, sigo intentando ser mejor, sé que no camino sola. Mis padres, con sus enseñanzas simples pero firmes, me dieron las bases para no rendirme. Mi familia, con su cariño, me recuerda que siempre tengo un lugar al cual volver. Y yo misma, con mis cicatrices y mis ganas, sigo avanzando.
Este blog es apenas el comienzo. Seguiré contando mis viajes, mis regresos al campo, mis momentos en la cocina, mis historias con los niños, mis recuerdos y mis aprendizajes. Porque la vida continúa, y aunque a veces se ponga difícil, aunque duela, aunque canse… hay que seguir.
Y si algún día siento que no puedo más, me repito mi frase, esa que me ha acompañado en silencio durante años:
Mañana será mejor.
Porque siempre lo es. Porque siempre lo será.



Comentarios